30/1/05

especialidad de la casa

Antes tendía a pensar que me sentía así porque era alguien especial. A pesar de que año tras año se repitiese siempre en las mismas fechas y de la misma forma, yo era especial: extremadamente sensitiva, extremadamente melancólica, extremadamente triste.
Aunque me sintiese mal, algo bueno debía tener.

Pero esta vez no. Esta vez no pienso que soy especial. Así que todo es menos extremo y, entre la extremidad que queda (digo bien extremidad), me río a ratos.
No es suficiente para cambiarme. Seguramente la responsabilidad-irresponsabilidad es lo único que sigue tambaleándose al borde del precipicio (me viene a la mente La Quimera del Oro), y si me inclino yo un poco hacia la tristeza, se inclina ella también hacia el vacío (la responsabilidad a punto de caer o cayendo en un pozo sin fondo).
En el pozo está el gran pez acusador. Siempre está ahí, esperando que acabe de caer para destrozarme. Y entonces vuelvo a convertirme en Marina, caen también la tristeza y los recuerdos, pierdo mis alas y me desgarro el corazón en su nombre. Con lo bien cicatrizado que parecía y, sin embargo, qué fácil me resulta destrozarlo.

Siempre igual, siempre en las mismas fechas. Pero ahora sé que no soy especial.

2 comentarios:

Albert. dijo...

Ignoro que puede ser aquello que año tras año, en las mismas fechas, te haga sentir así, y por qué este año ha sido diferente a los anteriores.Ni que te lleva a no considerarte especial(todos en algún punto lo somos).Se que tú también.Teniendo ciertas intuiciones en aquello que encierran tus palabras.
Esperando que ese pez no tenga recursos para juzgarte y hacerte perder las alas de pájaro con las que volar;-)
A pesar de mi ignorancia sobre esa sensación que te abre cicatrices hasta hoy curadas :-S

Guillem dijo...

No pienses en la caída, tan sólo en el aterrizaje. Al fin y al cabo es lo único que cuenta. ¿No son los pájaros rotos expertos en aterrizar?